Los escritores confunden muy fácilmente la realidad con la fantasía, no se si los otros tipos de artistas que existen también sienten lo mismo. Pero es que cuando escribo, los elementos que conforman el mundo en el que me encuentro, mi cuarto, mi silla, mi computadora, de alguna manera se tornan difusos, pierden su esencia, y esta, es reemplazada por una cosa totalmente nueva. Esta cosa es lo que escribo.
Para alguien que vive de escribir libros (o al menos intenta a duras penas hacerlo) este tipo de sensación es realmente buena, de hecho, es excelente. La computadora se torna entonces una extensión de ti mismo, y poco a poco, palabra por palabra, el mundo que existe en tu cabeza se abre paso, párrafo a párrafo, hasta el punto que llega a invadir plenamente aquel mundo que tu y yo llamamos real.
Entonces vienen las sensaciones, los olores de ese mundo nuevo, los colores, los sonidos, todo se va abriendo paso y comienza a acompañarte, incluso cuando no estas sentado frente al monitor, sino hasta cuando estas en el metro, en la oficina, en el salón de clases, cuando vas al baño y cuando haces el amor, el mundo creado por tu cabeza de escritor te acompaña, es simplemente algo abrumador. Siempre lo he considerado maravilloso y hasta es hermoso cuando me detengo a pensarlo, lograr traer mundos de fantasía y hacer que otras personas los puedan ver con tal nitidez casi como yo los tengo en mi cabeza, bueno, supongo que por eso es que lo llaman arte.
Pero también en este arte, como en todas las cosas, existe su lado malo.
Su lado oscuro.
No todas las cosas que salen de tu cabeza son hermosas, así como no todas las palabras que escribes son realmente poesía. En los mundos de mi cabeza de escritor, no solo hay reyes, héroes y princesas, en los mundos de mi cabeza también hay monstruos.
Hay criaturas.
Hay cosas.
Y ninguna de ellas es buena.
Ellos, como los demás, también salen de mi cabeza, se confunden con la realidad. Y me asusta, me asusta muchísimo porque ellos también me acompañan, me siguen y velan mi sueño. Total que la mente es una puerta que te permite ver mundos ya sean inventados por ti o canalizados a través de alguna conexión con algún ser superior que habita mas allá de las fronteras de lo que llamamos tan ingenuamente realidad, el problema no solo es que esas puertas se abren en el momento menos pensado, sino que existe el riesgo de que así como se abren a paraísos insospechados que nada tienen que envidiarle a los paraísos sosos inventados por las religiones, también se pueden abrir a infiernos tan terribles, que bien pueden solo por obra y gracia de la locura de Dios.
Por ahí he escuchado (y leído) acerca de ciertos sitios que tienen la particularidad de inspirar sentimientos de empatia “ambiental” en un escritor, es decir, se establecen ciertas conexiones entre el ambiente propio del sitio y el alma creadora del artista en cuestión, que aquellos que experimentan tales inspiraciones, hablan de sentirse meros catalizadores de fuerzas superiores que los conminan a escribir de una manera que no solo se sienten poseídos por tales fuerzas, sino que la naturaleza de los mundos que tienen la particularidad de describir van mucho mas allá de la mera recreación de un ambiente conocido, mundos tan distintos de imaginaciones humanas, que el escritor entonces siente que está viendo a través del ojo de una criatura tan extraña que su mera imaginación podría volverlo loco.
Sucedía con Lovecraft en Nueva Inglaterra, sucedía con Poe en Paris, sucede con Stephen King en Maine…
Y sucede conmigo en Maracay.





1 comentarios:
coño amigo deja de estar fumando esa vaina
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